miércoles, 8 de junio de 2016

Biblioteca de héroes y mártires

El País
Por Raquel Garzón

De El eternauta a La república posible, de Alambres a La voluntad; un recorrido por los libros imprescindibles de los 40 años de dictadura y sus consecuencias.


lunes, 6 de junio de 2016

La pura luz

Revista Otra Parte
Por Marcelo D. Díaz

La poética de La pura luz pone de manifiesto el carácter problemático y la complejidad de la memoria subjetiva. El punto de partida es la infancia: “Tengo ocho años, tal vez nueve; / como en los versos de Dalton / lloro por las noches. / La lágrima, como un don que nace, /que no puede evitarse, /un estado del llanto”. La escritura encuentra su límite en la voz de la niñez y la lengua se convierte en un continuo balbuceo intraducible que demanda ser escuchado.

Es un texto en que una mirada objetiva y distante sobre la realidad convive con una voz íntima: “Estruja la pollera como un paño: / (mamá me está mirando /sentada en un pasillo). / Hospital de provincia, / el aire es claro; / hay un sol que desborda las ventanas. / Una bandada de jilgueros cruza / el paisaje lunar de las pantallas”. Para Bentivegna, hay instancias que se podrían representar como el encuentro con grietas que —al igual que en los poemas de Hospital Británico, de Héctor Viel Temperley— tienen su correlato en la enfermedad. La poesía en este caso es una cartografía borrosa del mundo, el diario de un viaje interior atravesado por las luces intermitentes de los electrodos en un hospital de provincia.

La percepción enrarecida del propio padecimiento, como si el cuerpo estuviese separado por completo de la voz, aparece de manera recurrente: “soy solamente alguien / —un tallo, una paloma— / que tiene la cabeza / llena de electrodos”. Aquí es el cerebro el centro de gravedad que define la órbita de la escritura: “Dejar tan solo una huella seca, / el cráneo con su círculo brilloso. / Reducirme a esa bola dura y refractaria / donde la luz golpea como un viento”. El epígrafe de la serie de poemas retoma unas líneas de Wikipedia sobre la actividad cerebral, una definición de la electroencefalografía: “es una actividad neurofisiológica que se basa / en el registro de la actividad bioeléctrica cerebral / en condiciones basales de reposo, en vigilia o sueño, y durante diversas activaciones (habitualmente / hipernea y estimulación luminosa intermitente)”. La luz cobra materialidad y consistencia física, el registro lírico se confunde con el tono de un informe médico y, al modo de la luz, la voz del poeta se refracta en voces superpuestas y de diferentes tonalidades reunidas en una lengua singular.

No sólo se trata de una lírica hospitalaria, un testimonio de las dolencias psíquicas. Los pasillos de la clínica son reemplazados por escenas a campo abierto que, sin ser escenarios bucólicos, nos sitúan en una tierra lejos de las luces artificiales del sanatorio, donde podemos respirar plenamente y el estado original del llanto desaparece en un clima serrano: “Cruzamos los terrenos. / Es la caza de las flores, de las piedras / con mica, de los nidos abandonados. / En el campo juntamos panaderos, / dentro de ellos viven estrellas. / Apenas los soplamos se desarman: / se vuelven, en un segundo, de aire”. Si la mirada de Bentivegna se desplaza del paisaje urbano al de las sierras, su trabajo con el lenguaje ordena presente y pasado en un mismo plano donde la memoria se reescribe una y otra vez en un juego de contrastes.

Diego Bentivegna, La pura luz, Cabiria, 2015, 70 págs.

jueves, 7 de abril de 2016

La verdad y otras mentiras. Historias de Hospital

Si tienen la verdad, ¡guárdensela! (Fernando Pessoa, Lisbon revisited)
Nunca seré un escritor, pero eso no me ha impedido escribir. Escribo para entender. Como un esfuerzo para tejer, entra la experiencia y el significado, una trama que encuentre su sentido. Acá se reúnen hechos y sensaciones, verdades y mentiras, aunque esas  categorías no tengan ningún valor en la literatura. La medicina es un modo de vida que cada uno vive como puede. Entre lo sagrado y lo profano vamos buscando el camino que no nos deje olvidar por qué elegimos recorrerlo. No encontrarán aquí ejemplos a seguir, ni la imagen inmaculada de una profesión que suele devorarse la existencia de quienes la ejercen. Más bien la penumbra de personas reales que todos los días hunden los pies en el barro. No hay héroes ni villanos. Apenas las voces de gente imperfecta, a veces sombría, a veces luminosa, que ya no sueña con la trivialidad del éxito pero que se resiste a perder la dignidad.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

A propósito de La pura luz de Diego Bentivegna

La pura luz (Cabiria, 2015) se despliega como una sucesión de imágenes recurrentes, reunidas en una lengua extraña en pleno movimiento.
POR MARCELO DÍAZ

En La pura luz se despliega una poética exploratoria sobre los alcances de la memoria subjetiva desde la narración de la infancia: Tengo ocho años, tal vez nueve;/ como en los versos de Dalton/ lloro por las noches./ La lágrima, como un don que nace,/que no puede evitarse,/un estado del llanto. En esa experiencia pasada la lengua poética encuentra su límite, el habla apenas se transforma en un balbuceo donde se disuelve, o refracta, la significación y la poesía se convierte en una especie de refugio del silencio.

Un libro de poemas enunciado en un tono narrativo como si fuese la sucesión de imágenes, o escenas, en cámara lenta de un documental. Un edificio negro:/ una escuela:/ una iglesia:/ un hospital;/ la luz blanca:/ un hotel;/ los vidrios destrozados:/ una cancha, en un pueblo, con sus sierras. Esa mirada que se construye de manera distante, y objetiva, con respecto a la realidad observada convive con una voz más íntima: Estruja la pollera como un paño:/ (mamá me está mirando/sentada en un pasillo)./ Hospital de provincia,/ el aire es claro;/ hay un sol que desborda las ventanas./ Una bandada de jilgueros cruza/el paisaje lunar de las pantallas. Existen momentos para el poeta que están signados por una fisura, una grieta, que se identifica, al igual que en los poemas de Hospital Británico de Hector Viel Temperley, con la enfermedad, instancias en las que las preguntas acerca de cómo significan las palabras, o  cómo las palabras construyen puentes con el mundo, aparecen en forma de inquietudes que regresan de manera insistente.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Una temporada con más libros para más lectores

Página 12
Por Karina Micheletto

EL 2015 PARA LA LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL EN LA ARGENTINA
Una temporada con más libros para más lectores

La aparición de nuevas editoriales independientes, la diversidad de las propuestas, la calidad alcanzada por los escritores, ilustradores y editores, y la intervención del Estado, a través de compras de libros, dieron cuenta del panorama del sector.

Corrieron buenos vientos en los últimos años para la literatura infantil y juvenil en la Argentina, y el balance 2015 del sector está marcado por este envión que vale tanto para la producción –el mercado editorial y sus números fríos– como para la calidad de esa producción, con innovadoras búsquedas que comienzan a ser reconocidas en las ferias del mundo. La constante aparición de editoriales independientes que apuestan a esa diversidad; la calidad alcanzada por los escritores, ilustradores y editores; la intervención del Estado con compras que modificaron el panorama del sector, son algunos de los puntos sobresalientes de este balance positivo. Lo que queda en el debe del balance es la siempre difícil circulación de esta producción, con todas sus singularidades.

El dato de que en los últimos doce años el Estado argentino compró 92 millones de libros, a editoriales chicas, medianas y grandes, a través del Ministerio de Educación de la Nación, es una marca contundente de este balance. Esas compras llegaron a representar para el mercado local, en años como 2013, casi una vez y media (un 140 por ciento) más del volumen de las ventas privadas, según datos presentados por el Observatorio de la Industria Editorial en un encuentro de editores realizado en el último Filbita, Festival de Literatura Infantil.

martes, 8 de diciembre de 2015

Reseña de La pura luz



Perfil
Por Laura Isola


Un niño de ocho años es sometido a un electroencefalograma “un día alucinado” “en algún hospital de provincia”. Para contar la escena, se suceden los versos que forman “Poema acéfalo”, la primera de las partes en las que Diego Bentivegna divide La pura luz, su último libro. El procedimiento médico se sobreimprime a una experiencia poética y a un recorrido intelectual. No es la voz del niño la que recorre los versos libres de métrica pero atados a una tradición que va desde lo alto, “como en los versos de Dalton”, de la cultura letrada, a lo menor, la provincia. Es una deriva por el cuerpo de pequeño, por las palabras que refulgen iluminadas, hasta la ceguera, por esa luz. Que es la de Pasolini que se enciende en el epígrafe: “Ed era pura luce”, hasta la de Ciocchini: “¿podría ser acaso exterminada?” Pero, en todo caso, con el autor de Poesía en forma de rosa comparte su poesía en forma de prosa de este libro. También, va del Pasolini consagrado al del verso en fruilano, la lengua de la madre, como refugio de la palabra y la provincia como ese interior íntimo. 

“La loca croata”, el segundo extenso poema, lleva cita de Bispo do Rosário. Nadie mejor para atar arte y locura. Bispo do Rosário murió  de loco y de viejo para la psiquiatría;  de enviado de Dios y profeta para él mismo. Lo que no pereció, o en todo caso renació casi como una ironía, es su arte. Es que Bispo es el modelo del artista loco, encerrado en su cuarto del hospicio bordando paneles, construyendo barcos y cosiendo el ropaje que usaría el día que el Señor lo indique y sea el fin de este tiempo. Su “atelier”, un lugar de cruce entre la racionalidad de la ciencia, el delirio del “anormal” y los devenires artísticos, es el espacio perfecto para ligarlo a la tradición de los artistas-locos. En los versos de Bentivegna, la loca croata es eslava, es esclava que reza a sus muertos. Mejor dicho, “a sus muertitos”. El diminutivo es afectivo y de nuevo, menor. Se viste de negro y deambula por un conurbano alucinado,  Munro, Adelina, Florida, mientras recuerda Zagreb, los trenes, Budapest. O ¿era Udine, Triste, Milán? Aquí las palabras se oscurecen. La pura luz emerge del sentido: no es la luz diáfana que hace que el niño se vuelva transparente en el primer poema. Es el sonido de una lengua rara, la masa informe de los muertos, “secos como una hoja, en una tela de Kiefer”. Justamente, el pintor de versos. Los de Celan, por ejemplo, en el cuadro que el artista alemán le dedica al pelo dorado de Margarete (Dein goldenes Haar Margarete). Que Paul Celan le contrapuso el ceniciento de Sulamith y, de esta manera, enlazando los cabellos y las palabras, escribió uno de los poemas más conmovedores y perfectos sobre el drama y la muerte: “Todesfuge” (Fuga de muerte) Kiefer parece necesitar a Celan para poder hablar de ese pasado de ignominia. Lo busca en su lengua alemana aprendida, en sus palabras metálicas y magnéticas, en el vacío de sus versos cortos, en la intervención frente al silencio. Bentivegna, por su parte, contrapone dos territorios y dos lenguas. En este caso, a oscuras y como un murmullo.

La pura luz

Diego Bentivegna

Editorial Cabiria

2015